Qué crisis, qué cambios. Frente a unos y otros.

Viernes, 25 Julio 2014
Escrito por José Luis García Rúa

garciarua

En el número 83-84 de diciembre de 2008, páginas. 45 y ss. de la revista Archipiélago se publicó un artículo mío, escrito pocos meses antes, en el que se desarrollaba una tesis que, hoy en día, pasados cuatro años y tras gran cantidad de literatura escrita sobre el tema, que sea de nuestro conocimiento, aplicada a los más variados ángulos del proceso, seguimos manteniendo en sus rasgos fundamentales. En el citado artículo, y en oposición a gentes, incluso gobernantes, negadoras del fenómeno, aludíamos ya a la declaración de Jean Claude Trichet, entonces director del Banco Central Europeo, de que estábamos ante la primera gran prueba, con magnitud real, de la nueva globalización financiera. Manifestábamos a continuación nuestra extrañeza de que el Fondo Monetario Internacional, después de afirmar que la crisis en curso sería grave, duradera y de enormes consecuencias, añadiera que ignoraba las causas profundas de la misma, y tomábamos posición ante el hecho:

Nosotros creemos que, unos, no sólo no las ignoran, sino que son su causa, es decir, la de su inmediata provocación; que, otros, sin ser en persona los directamente provocadores, sí son perfectamente conscientes de todo; que otros lo son sólo a medias, y que otros, en fin, se ven zarandeados de aquí para allá, sin saber por qué. Adelantamos que nuestro parecer es el de que la crisis, que lo es del Sistema mismo, venía siendo encubierta, desde décadas, por miles de especulaciones diferentes y que lo que hicieron o hacen los que nosotros llamamos “provocadores” de la misma fue o es tirar de la manta, descarnar la situación y ponerla en trance límite para forzar la “salvación” del Sistema, que entienden no poder ser de otra manera que como ellos la proponen, arguyendo que un Capital globalizado no puede seguir rigiéndose por las mismas leyes y estructuras con las que, hace un siglo, se planteó la expansión de los capitalismos nacionales, ni siquiera modificadas por algunos cambios de adaptación a las nuevas exigencias de mundialización. La Aldea Global, piensan, no puede regirse del mismo modo que la Aldea Local, y si el capitalismo es el agente fundamental de tal transformación, es él mismo el que debe ser radicalmente transformado. Lo que indica que, en su plan, otra serie de intereses capitalistas, y aun no directamente capitalistas, que, de una manera o de otra, vinieron perviviendo apoyados en diversas leyes, normas y estructuras del Sistema, deben ser arrumbados.

Continúa el texto explicando que el capital predominante en el mundo, que, ya en 1997, alcanza los 34 billones de dólares y que, a nivel de 2008, debe de ser ya muy superior, excede, separativamente, al de todos los Productos Interiores del Mundo Reunidos y a todas las Bolsas del Mundo juntas; que no puede haber desaparecido como por ensalmo desde 2007-2008, y que de lo que tiene que tratarse es de un abstencionismo inversor consciente, con el fin de forzar un cambio de orientación de la estructura capitalista, a la vista de que, con un crecimiento anual de su entonces 2% no había posibilidad de competencia con las economías emergentes (China, India, Rusia, Brasil…) que crecían, entre unos y otros, del 5 al 10%, y que, en esa situación, el proceso final de globalización no podría hacer culminar el 30% restante del mismo. Se requeriría, entonces, desde el punto de vista del capital financiero, eliminar todo el bagaje económico inhábil para una globalización total y estricta, y, a la vez que se prescindía de ese lastre no rentable, proceder a la satelitización del resto de manera total y absoluta. Contaron y cuentan con que las resistencias a sus planes están en los que son sus hipotéticos o reales blancos, a saber, el capital pequeño y medio independiente y puramente nacional y el factor político siempre ansioso de aumentar o, en todo caso, de mantener su cuota de poder, lo que lleva a los Estados a pretender convertirse en fuente de financiación suplementaria, con la fatal consecuencia de un aumento insoportable de sus respectivas deudas soberanas.

  Hasta aquí y a grandes rasgos el mencionado texto de 2008, al que no vemos que el desarrollo del proceso hasta la actualidad haya aportado datos o concreciones que lleven a proceder a ninguna corrección de fondo. Por vía de ejemplo, analicemos el caso de España que, con variaciones, reproduce otros, ya consumados, y es, a la vez, espejo de otros que sucederán. Aquí, la situación de la deuda ha llegado a un punto de “no va más”, y se impone la recepción inexcusable de fondos externos, lo que abre la vía de la “intervención”. Pero tanto el gobierno como los partidos de oposición se niegan en redondo a una petición formal de la misma. Ninguno de ellos rompió ninguna lanza en defender que, en su día, no hicieran lo propio Grecia, Portugal o Irlanda, pero, ya se sabe, en política, el caso del otro no es mi caso. Critican velada o abiertamente la desigualdad de funcionamiento en Europa, donde Francia y Alemania, por su mayor fortaleza, plantean y recaban las directrices fundamentales, pero no aceptan para sí mismos igualdad de trato con los ya intervenidos. Con el argumento de la gravedad de la situación del euro exigen que la intervención sea económica y directa a los bancos, sin tocar la vía política, pero se niegan a pedirla formalmente porque ello implicaría condicionamientos políticos, soberanos, lo que, por otro lado, forma parte del plan globalizador del Capital Financiero. De las dos cosas a las que éste apuntaba, una ya estaría conseguida: los bancos serían saneados, disminuiría considerablemente su número, permanecerán sólo los rentables y englobables en una unidad general, libres, en principio, de influencia y contagio político. Esto ya es algo. Pero la “crisis” busca, además, el inicio para la eliminación en última instancia de las políticas “nacionales” con toda su carga de intereses y condicionamientos históricos que puedan entorpecer la marcha y funcionamiento de la Globalización, y que, por parte de los concernidos, serán siempre enfáticamente esgrimidos como ímpetu soberano y libertad de los pueblos, aunque, en el fondo, tal enfática actitud responda, fundamentalmente, a intereses de clase nacional-nacionalista, o de la simplemente “clase política” que no puede ser y actuar sin un espacio nacional. No es que el Capitalismo Financiero busque el exterminio o eliminación de tales entes, sino sólo privarles de cualquier capacidad de decisión crucial que pueda afectar, en cualquier modo, a espacios externos. Lo que se busca, pues, es su satelitización absoluta al proyecto global, lo cual comporta serios inconvenientes: tradiciones, costumbres, hábitos, lenguajes, cultura, folklore, prejuicios ancestrales de frontera…, todo, en fin, lo positivo y lo negativo que pueda tener una comunidad histórica y que, por la vía de la demagogia y del populismo manipulado pueda ser explotado por las clases dominantes locales (nacionales) para su propia perduración y beneficio.

De lo que, en suma, se trata es de que, en el binomio, ancestralmente convivente, de política y economía, sea ésta la decisivamente dirigente, pasando aquélla al ámbito pura o primordialmente administrativo y represivo y de gestión de lo cultural e ideológico, pero condicionando siempre que las iniciativas culturales y, en general, de ámbito superestructural no dañen, en ningún grado de seriedad, la marcha de las iniciativas fundamentales que, en el área económica, decidan el Capital Financiero, los organismos trasnacionales y los prebostes del conocimiento.

El espacio de lucha de las dos áreas en contienda está atravesado por la gran tensión que comporta la intermezcolanza de intereses. En el caso de las economías periféricas, no ya amenazadas, sino mortalmente dañadas, caso de España sobre todo, la baza “nacional-soberana” radica en la coparticipación en una estructura formal (euro, Unión Europea) cuya ruptura en una parte puede repercutir negativamente en los otros coparticipantes, lo cual hace que las hipotéticas consecuencias que de ella se derivarían pueden ser esgrimidas como arma de chantaje para forzar una “vía de salvación” del área política periférica, que, en el caso de Unión Europea, queda formalmente impedida por la estructura jurídica que la constituye y de la que se deriva que los bancos no puedan ser rescatados de forma directa, sin que el gobierno nacional de turno solicite tal rescate. La encrucijada en que se encuentra el sistema capitalista es de esta guisa, y el análisis teórico no puede atenerse, hoy por hoy, más que a presunciones aventuradas, propuestas hipotéticas con mayor o menor posibilidad de acierto. Una cosa sí es ya perfectamente cierta: la deuda soberana de España es ya absolutamente insostenible y el rescate, pedido de una u otra manera, es irremediable.

Lo que realmente interesa, desde el punto de vista de los pueblos, es que haya, a los ojos de éstos, la claridad más nítida posible sobre la realidad profunda de lo que está ocurriendo, y, puesto que tanto políticos de cualquier guisa como capitalistas de toda laya son sus opresores y explotadores, lo fundamental para los pueblos es no dejarse pillar por ninguna falsa argumentación de ninguno de ellos, aunque sus palabras vayan proferidas en el sentido de hacer creer que defienden los intereses del pueblo como productor y consumidor. Las disputadas alternancias de derechas e izquierdas en los gobiernos, como respuestas a los efectos nocivos de la crisis, se presta, en gran medida, a confusión, si se la toma como baremo del interés de unos y otros por el mantenimiento del bienestar popular, cuando lo que pretenden, tanto unos como otros, es asegurar el mantenimiento de las clases políticas como tales, con los poderes y privilegios efectivos que, tradicionalmente, han venido ejerciendo. Las derechas populistas mantienen, velada o explícitamente, la amenaza del abandono del euro, frente a o contra los recortes exigidos por los directores estructurales del Gran Capitalismo pero lo que, realmente, esconden en la manga es su gran temor ante la perspectiva de perder la “vía de mando”. Para la “clase política”, indiferenciadamente, el rescate económico, con los condicionamientos y controles efectivos que comporta, supone una seria amenaza a sus capacidades de intervención, lo que explica que Rubalcaba, Secretario General del PSOE, insólitamente y en una situación mortalmente crítica de la economía española, profiera, en tono taxativo, la condena de “todo rescate”, coincidiendo con ello y en ello, sin ambages, con el PP y con su presidente Rajoy, negativista radical también de la cuestión, al menos por el momento.

Que ésta es la realidad de fondo puede encontrarse confirmado en un pasaje de un artículo de Paul Krugman en el suplemento de Negocios de ElPaís de 3 de junio de 2012, pág. 21, en el que el premio Nobel, en litigio con el financierismo inglés defensor de la austeridad, pone en boca de sus contrincantes estas palabras: «Es esencialmente necesario que reduzcamos el tamaño del Estado». Se trata, por lo tanto, de la lucha que, dentro del propio sistema capitalista, nosotros planteábamos como fundamentos etiológicos de la crisis, en nuestro artículo de Archipiélago citado más arriba.

La lucha entre ambas fuerzas, políticas y económicas, donde se evidencia el indudable predominio hegemónico de estas últimas, se presenta, sin embargo, larga y de ritmo lento, pues la tarea de desmontar una estructura de siglos, donde, además, la parte política intenta presentarse como defensora del pasado “estado del bienestar” para contar o tratar de atraer, sino con toda o a toda, al menos, con o a una parte importante de las masas, se muestra, por sí misma dificultosa, y, en ella, las fuerzas políticas, incluso en clara desventaja con las económicas, van a ir tratando de mantener, de concesión en concesión, alguna postura de privilegio, y entre tales fuerzas políticas, sin duda, alguna de ellas, irá, va de hecho, dibujando sus planes para, a favor de determinadas circunstancias, intentar transformar el capitalismo privado, individual, en una forma de Capitalismo de Estado, de cuya esencia explotadora ya son conscientes todos los que tienen ojos para ver, pues en los libros de historia está ya cómo en el mal llamado “Estado soviético” se mantuvo a rajatabla la diferencia decisiva entre “valor de uso” y “valor de cambio” (en este caso fijado por el precio de los salarios), o sea, la conservación incrementada del factor plusvalía, signo específico de la explotación de los trabajadores, a quienes, en el caso de oposición y resistencia al sistema, aguardó y, en su caso futuro, aguardaría, como destino, el sufrido Gulag impuesto por el Estado-empresario. Y, si esto es o puede ser referible a los proyectos crípticos del estatismo de izquierdas, otro tanto, en cuanto al rango dictatorial, puede decirse del estatismo “democrático” de las derechas, del cual ya hay experimentados datos manifiestos en la actualidad con los cambios, ya efectivos o en curso, de todos los códigos y medidas legales en amparo del control, el sometimiento, el castigo y la represión. El recurso, pues, a la defensa del “estado del bienestar” (entendiendo por tal la situación anterior a la crisis) por parte del “izquierdismo socialdemocrático” o de aquel más “izquierdista” que se prevale, como método, de la consigna “centralismo democrático”, así como el esgrimido por los populismos derechistas de toda clase, no son más que engañifas, en las que ni ellos mismos creen, pues tal regreso, y ellos lo saben, es imposible e incluso no deseable en los términos en que se manifestaba como tal “estado del bienestar”, que tantas y tan fundadas críticas desató por parte de las mentes más esclarecidas y de las conciencias de mayor rigor y dignidad. El grito hoy más verdadero y necesario es aquel que se dirija a la totalidad de las masas trabajadoras y al pueblo en general para que no se dejen caer en el garlito de tales engaños. Los que gestionaron aquel estado de un “bienestar” de miseria y despilfarro reunidos, en el que el trabajo perdió su sentido social y su carácter distintivo como señas de identidad; en el que se construyeron muros de silencio para toda idea y actitud activa contraria a lo establecido; en el que se practicaron planes y programas de atomización social individualizante con el fin de romper todo género de solidaridad social; en el que se determinó como única, real y aceptable la “sociedad del riesgo” que trajo consigo como corolario inseparable la necesidad de tener que calificar y determinar como cabal enemigo a aquel que, hasta ayer, fue amigo y compañero; aquel “bienestar”, en el que se convirtió y convierte al trabajador en el nuevo judío errante, sin familia, sin amigos, sin techo que le cubra en permanencia, o le metió entre cuatro paredes a dormitar o a desesperarse y envenenarse en la impotencia…; los gestores de esa situación y generadores de las consecuencias que arrastró ¿vienen ahora a presentársenos como los salvadores que nos lleven a la “feliz” tierra perdida? ¿Creen, acaso, que hombres y mujeres han perdido la memoria, o confian, quizá, en que la imagen del presente y más aún la del inmediato futuro amenazante sea tan terriblemente trágica que haga rendirse a las memorias ante cualquier falsa promesa que se les haga de recuperar lo perdido?

que crisis que cambios 2

Triste, muy triste y trágico sería para la humanidad entera que espacios determinantes de las masas trabajadoras y pueblo en general prestaran el más mínimo oído a tan falaces lenguajes. Todos los que los utilizan fueron sistema de opresión, son sistema de opresión y seguirán siendo sistema de opresión. Pero, ahora, ante las dificultades en que les ponen otras partes del mismo Sistema con proyectos que les privan de una parte importante de su poder, pretenden asomar el falso grito de rebeldía por atraerse, como fuerza de apoyo, a aquellos que fueron sus víctimas, instrumentalizando precisamente la propia desesperación de esas mismas víctimas. Los sindicatos,todos los sindicatos que aceptaron, asumieron y suscribieron el sistema sindical trazado por el Estado capitalista de la transición en su propio beneficio, y muy especialmente los declarados “representativos” en exclusiva, son reos de haber vendido durante más de 30 años a la clase trabajadora española, y responsables, no sólo de las deficiencias y estrecheces de la misma, sino, sobre todo, de haber sido la causa de la desaparición de la conciencia de clase entre los obreros y del aniquilamiento del principio de solidaridad entre los mismos, a cambio de convertirse los tales sindicatos en unlobby del Sistema, pagado no sólo con los fondos públicos del Estado, sino con los fondos privados de las empresas, de las que son sus auxiliares en la tarea de eliminar a la clase obrera como sujeto de lucha y como cómplices guardadores de todos los secretos con que aquéllas ocultan sus trapicheos y manejos., como en el caso de Bankia, donde podrían ser llamados a declarar por el acuerdo con que esta empresa compró por 400.000 euros la silente aquiesciencia sindical a sus manejos.

Pues bien, estos sindicatos, ahora alentados por partidos políticos, quieren salir a la palestra y seguir utilizando sus prebendas legales para presentarse como convocantes de vanguardia y llevar detrás, como fuerza de protesta para sus propios designios de negociación, reconocimiento, subvenciones y vuelta a las andadas, a todos aquellos que fueron sus víctimas propiciatorias durante más de 30 años. Así de complicado es el panorama. Sin embargo, la recuperación de la conciencia de clase es tan urgente, no sólo para los decisivos momentos actuales, sino, sobre todo, por los muy graves inmediatamente venideros, por lo que la clase obrera y el pueblo en general no deben rehuir ocasión de moverse y manifestarse. La movilización se impone por sí misma y el enemigo, tanto dentro como fuera, está perfectamente definido. Las movilizaciones inducidas por los antiguos victimarios, los sindicatos oficiales, pueden seguirse con eslóganes, gritos y consignas de las bases que incluyan la denuncia de los propios inductores de las mismas, agentes de la victimización, sin dejarse ser puros instrumentos, objeto de manejo para ellos. Pero, sobre todo, se han de nutrir las manifestaciones y movimientos nacidos del impulso rebelde de las víctimas y de su grito desgarrado para la marcha. Lo urgente es andar, andar, echar a andar, romper el entumecimiento, reaprender el paso de la protesta activa, y, en ella, readquirir conciencia, método y programa. Hay sobrados motivos de indignación, de ira, de cólera y explosión, ingredientes todos ellos de un proceder emocional ineludible en el arranque, cosa que los bienpensantes creen poder descalificar como vía segura de fracaso. Pero la emoción, como tal, no tiene nada de negativo. La emoción es fuerza, furia, ímpetu de empuje, energía disparada. Ningún movimiento de real alcance histórico pudo ni puede tener lugar sin el concurso de la emoción; las ideas, en cambio, en sí demasiado estáticas y cerebrales, nunca han podido ni pueden, por sí solas, producir movimientos ni cambios generales de un alcance histórico determinado, y, si puede decirse que la acción sin pensamiento es ciega, no menos puede aseverarse con certeza que el pensamiento sin acción es vacío. La emoción lleva incorporado el movimiento, y el movimiento se da siempre en situaciones concretas, donde, por necesidad, descubre obstáculos, dificultades, coyunturas, cauces y experiencias. Es decir, que el movimiento, ya despierto después del arranque, enseña por sí mismo, descubre, lleva al pensamiento o facilita su apertura. Descubre, así, la necesidad de la reflexión y la toma de contacto con discursos previos que movieron su energía en el estudio del ser humano y su medio, en el análisis de la marcha de la historia para extraer de él enseñanzas prácticas. La utopía es inexcusable como motor de arranque, es la mínima luz que lleva en sí la energía de la actividad hacia la escapada, pero no debe convertírsela en un estereotipo fijo, en una pura fórmula de modelo geométrico, sino en idea viva que funde y asegure la coherencia de todos nuestros pasos. Es el único modo de que la idea teórica y el movimiento material concreto se interconfundan en una unidad de comportamiento ético que, inexcusablemente, siempre debe acompañar a todo actor empeñado en la marcha de una transformación cualitativa de la vida social. ¡No hagamos de la utopía una cuestión de futuro simplemente, sino una cuestión viva, punzante y orientadora de cada día y cada momento!

Coherencia, acción y pensamiento, ese es el lema fundamental.

Granada, 9 de junio de 2012

Post Scriptum.- Como decíamos arriba, “el rescate, pedido de una u otra manera, bajo una u otra fórmula, es irremediable”, y, en efecto, lo fue, como los acontecimientos que se reflejan en la prensa del día 10 nos lo confirman. Sin mayores problemas, Bruselas les dio la fórmula formal para “salvar”, de momento y a trancas y barrancas, el escondite de las palabras. Como es necesario seguir engañando al pueblo, los condicionamientos aparecen sólo difuminados en la letra pequeña. Pero, en cuanto a su coste, alguien, en la conferencia de prensa, preguntó a Guindos si lo que llaman “préstamo” a los bancos afectaba a la deuda del Estado, a lo que el Ministro contestó afirmativamente. ¿Cómo, entonces, no ha de pesar la cosa sobre la ciudadanía? Si la deuda era de 700.000 millones de euros, ahora tiene que ser de 800.000 y hay que pagarla. Pagarla, naturalmente, con fondos públicos que pesan siempre, no hay otro camino, sobre los hombros de los contribuyentes, que somos todos.

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