CÁRCELES

HISTORIA DE LA COORDINADORA DE PRESOS EN LUCHA (COPEL)

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A finales del año 1976, los tres grupos comprometidos de presos sociales de la tercera, quinta y séptima galerías de Carabanchel acuerdan organizarse

Fundamentos y estrategias de la COPEL

En unas circunstancias históricas convulsas, con el cadáver del genocida Franco, fallecido dos meses antes, con el capitalismo extremo apoyado por el acción asesina generalizada de las columnas fascistas, los presos franquistas se inician con tímidos movimientos en la primavera de 1976. Hablamos de la COPEL de hecho, que va a ser COPEL de derecho a finales del año 1976, cuando los tres grupos comprometidos de presos sociales de la tercera, quinta y séptima galerías acuerdan organizarse. En esa primavera, el grupo dinamizador de la tercera galería percibe la preparación u organización de cambios políticos extramuros, referentes a reformas hacia el derecho continental, y los apoyos a la amnistía de los prisioneros políticos encarceldos por actividades diversas contra la dictadura.Dinamizador es, por inicial, quien toma la conciencia de iniciativa de la comunicación de sus inquietudes e intereses al resto de sus iguales, los presos sociales.

Las notas y mensajes llegan a sus colegas, compañeros y conocidos de las restantes galerías de Carabanchel. Los compañeros comunican que el incipiente movimiento pro amnistía, por ahora limitado a los presos políticos, es recuperable universalmente por todas las víctimas del franquismo sin excepción. Así mismo, por carecer de voz y publicidad de los derechos humanos propios, convenía la unidad de fuerzas para denunciar que las reformas debían ser igualitarias y generales, sin excluir a las víctimas individuales del franquismo. Esta información fue filtrándose entre la población penitenciaria, recibiendo respuestas muy positivas en los intercambios de mensajes y notas. Los presos aumentaron en conocimiento y concienciación de su realidad como víctimas de la dictadura, sintiéndose apoyados unos con otros.

Un punto de inflexión llega por la amnistía del 30 de julio de 1976, que sólo alcanza a una parte insignificante de las víctimas, exactamente a quienes habían alterado la actividad de los criminales sin la utilización de armas y explosivos: opinión, reunión, manifestación, sindicalismo y asociación. La mayoría de las víctimas marginadas de sus derechos estaban en igualdad de condiciones: no tenían delitos de sangre ni de estragos.

La mayoría de las víctimas del franquismo en Carabanchel ya tenían una conciencia comunicada, por ruptura de la incomunicación gracias al intercambio de notas y mensajes de la COPEL embrionaria o de hecho. Por ello, al día siguiente, 31-VII-1976, en la quinta galería se funda un sindicato de 24 horas, la duración que permiten las fuerzas represivas del franquismo. El sindicato 24 horas realiza una acción directa de riesgo, escribiendo manualmente pilas de panfletos en la madrugada del 31 de julio. Estas pilas las sitúan en las ventanas de la cuarta planta mirando al patio. Una vez que los cabos y subcabos (mercenarios) abren las puertas de las celdas y que los prisioneros han tomado de las gavetas su cazo de agua sucia, que era malta apenas azucarada, paseando por el patio momentos antes del toque de militar de corneta para la formación de dos en dos, por plantas, para ir a los talleres, los sindicalistas tiran de las cuerdas plomadas, venciendo por la ley de la gravedad las pilas de panfletos que revoloteando se posan en el patio.

ESTRATEGIA: Los panfletos simplistas convocaban a la huelga general de talleres para la mejora salarial, a negociar con el Director General de Prisiones. Existía un alto porcentaje de analfabetismo profundo.
Quienes habían aprendido a leer, o leer y escribir, carecían de los mecanismos intelectuales de comprensión relacional, añadiendo que esa carencia de formación hacía imposible la defensa por la palabra argumentada en los razonamientos convencionales. El panfleto no podía tener hechuras complejas, en cuanto a seguros de accidentes, o de la seguridad social, o referentes al sueldo mínimo profesional en la legalidad del franquismo, de dudosa asimilación y comprensión para el trabajador esclavo económico de los talleres penitenciarios y esclavo de la incultura. La escasa paga llegaba sólo para los primeros quince días del mes: un café, un paquete de cigarrillos, dos rollos de papel higiénico y un bocadillo de sardinas. Los 500 huelguistas vieron que podían doblar la paga, en relación a la información que iban recibiendo en cuanto a los cambios que se debatían en la calle y que iban a llegar a la cárcel, empezando con una huelga general de talleres carcelarios por referencia a las huelgas extramuros.

MOTÍN DE BAJA INTENSIDAD: La desobediencia a la formación militar para ser conducidos a los talleres o para dejarse encerrar en las celdas es “alteración del normal funcionamiento del establecimeinto penitenciario”, que en palabras calientes se llama motín. Este fue un motín de baja intensidad ante la susencia de destrozos y de publicidad.
Por la tarde, los antiditrubios cargaron violentamente contra los huelguistas, que estaban sentados al fondo del patio. Los presos son encerrados en sus celdas. Les robaron carpetas y escritos buscando la caligrafía de los panfletos. Al día siguiente, cuatro carceleros con las porras en las manos van sacando de las celdas, de uno en uno, a los trabajadores, para llevarlos por la fuerza a los talleres productivos de Carabanchel. 24 horas duró la huelga.

MOTÍN DE ALTA INTENSIDAD: El mismo día 31-VII, después de la represión sobre los huelguistas de la quinta galería, un numeroso grupo de presos sociales de la séptima galería toman la terraza, rompiendo el techo de las celdas de la cuarta planta. Exhibieron diversas pancartas de amnistía, de derechos humanos, ante la circulación ciudadana de la Avenida de los Poblados. Hicieron visible el conflicto que los huelguistas de la quinta galería no pudieron lograr.

Los sindicalistas y compañeros del motín de baja intensidad, los participantes en el motín de alta intensidad y quien quiso, más el grupo dinamizador de la tercera galería, los tres grupos que formaron hasta el momento la COPEL de hecho, a finales de 1976 van a organizarse creando la COPEL de derecho. Es de derecho cuando se identifican, crean un cartel reivindicativo interior-exterior, con bandera o símbolo que representa al colectivo.

La COPEL de derecho, en sus dos etapas muy definidas en el tiempo, una reformista y otra revolucionaria, será una organización muy estratégica y ese va a ser el gran éxito de los presos franquistas en lucha, basado en tres pilares: conciencia, inteligencia y decisión.

COPEL de derecho y estrategia. Fase reformista

Constituida la Coordinadora de Presos Españoles en Lucha en diciembre de 1976, muy pronto va a perder la palabra “españoles” ante la integración de víctimas del franquiusmo de otros países, fundamentalmente de franceses combativos, específicamente el compañero Michel. Los tres grupos concienciados procedentes de las gigantescas galerías de Carabanchel fundan la COPEL. Para arrancar, necesitaron algunas reuniones secretas en al tercera galería. Los tres grupos quedaron fusionados. El grupo único concienciado acuerda:

1º Hacerse visible.

2º Presentar programa reivindicativo interior.

3º Pacificar la convivencia.

4º Sumar apoyos.

La COPEL constituida contamina rápida y masivamente a los presos de la tercera galería, cerca de 400 personas. Extiende su influencia esperanzadora por todo el complejo penitenciario. Consigue la unidad por el interés común. Las rivalidades dejaron de existir, al menos en la tercera galería, donde el compañerismo se afianzaba ante la fuerza de los objetivos humanitarios del proyecto.

Anticipando las tareas previas, se establecieron los primeros contactos escalonados de relevo con el funcionariado carcelario, en demanda de los auxilios básicos para la convivencia digna y organizada.
La palabra era el vehículo de comunicación con las autoridades del interior, no existiendo otro medio de presión que el razonamiento por el diálogo. La COPEL organizó instancias masivas por escrito dirigidas al Rey en demanda de los derechos humanos aplicables a las víctiams del franquismo, para que la Corona y el Gobierno conocieran la voz de quienes no la habían tenido.

Por las conducciones de presos se organizaron los comunicados de información al resto de las cárceles de forma constante y progresiva. La COPEL recibió el apoyo altruista de un grupo de abogados organizados.

Externamente, los familiares y amigos de los presos van organizándose, creando poco a poco la asociación AFAPE.

Bajo el símbolo copeliano de la silueta de España enrejada, se constituyó el movimiento de discusión y decisión asambleario. Al acto colectivo había pleno de asistencia e intervenía libremente quien le apetecía. El grupo dinamizador expuso las reivindicaciones interiores, referentes a la alimentación, sanidad, vestuario, higiene, mantenimiento y represión (expulsión de los cabos y subcabos de las galerías).
Asambleariamente se aprueba el cartel reivindicativo externo.

LA GRAN ESTRATEGIA: Siguiendo las pautas de comprensión de una gran masa de prisioneros franquistas caídos en un profundo analfabetismo o desinformación espacial, no podían funcionar inicialmente planteamientos revolucionarios, porque no hubieran sido comprendidos por todos. Estaba inmaduro el ancauzamiento de la conciencia social. En el supuesto revolucionario, quedaría fracturada la unidad de presión para la lucha colectiva en formación. La actividad reformista de la COPEL por la no violencia era, indubitadamente, muy necesaria en el contexto histórico situacional, ante la ideología del miedo no perdida del prisionero individual franquista. Descartada la radicalización, las reformas reivindicables al común del derecho continental y la amnistía eran las pretensiones capacitadas por los derechos humanos a las víctimas de la dictadura, una oferta general y comprensiva de reparación de los crímenes del franquismo. Las reivindicaciones fueron de muy fácil comprensión y apoyo porque sólo se utilizaba la palabra para que el Estado respetara a sus prisioneros, referente a las torturas y la legislación penal coherente con el humaitarismo, más la libertad de los perseguidos. La libertad inmediata y el derecho a no ser torturado por policías y carceleros fue la estrategia situacional que caló profundamente en los ánimos de las víctimas, porque esas eran las aspiraciones propias que individulamente no podían lograrse. Por ello, sin objeciones, los presos sociales empujaban en esa dirección ante la falta de sensibilidad de las nuevas formaciones políticas sobrevenidas, que apoyaban al franquismo por no reconocer a la mayoría de sus víctimas. Empujaban individual y colectivamente con miles de escritos y cartas, con el apoyo asambleario en estas iniciativas de comunicación de los analfabetos y precarizados sin voz, que tomaban la palabra contra el crimen. Conseguida la unión de todos los presos, el sistema arbitrario atacará con extrema violencia a la Coordinadora de presos sobre el día 20-II-1977, convirtiendo a la COPEL reformista en un movimiento revolucionario.

Los tres pilares en crecimiento de la CONCIENCIA, INTELIGENCIA y DECISIÓN serán determinantes en la lucha revolucionaria inmediata como respuesta al ataque contra la palabra.

COPEL de derecho y la conjura. Fase revolucionaria

Sobre el 20 de feberero de 1977 sin aviso o solución, la COPEL recibió un ataque con gran violencia y represión. No hubo modales del derecho ni enfrentamiento de justificación. Contra la palabra de los presos emplearon la destrucción. Una fuerza desproporcionada y masiva contra las víctimas del franquismo para que perdieran la ilusión. No es la solución, no fue la solución. Sin la esperanza y sin el pan de la satisfacción, a la COPEL sólo le quedó la acción directa. El derecho a la defensa propia legitimó por el motín la lucha de la sobreviviencia.
Ante la tiranía de todo crimen, la protesta la justificó la extrema necesidad. Un pueblo oprimido, o sector excluido, en el levantamiento organizado y responsable tiene por sentido preservar su identidad, su vida y su libertad.

LA CONJURA: La persecución de la pobreza económica y formativa de la dictadura franquista estaba en su apogeo, que durante 1976 y siguientes años experimentó un crecimiento. Del régimen caduco al régimen reformador, la táctica de abandono humanitario era exactamente la misma: los presos sociales no eran víctimas sino delincuentes comunes apartados de la reconciliación, la lacra de parche para la perpetuidad de la pena impostora fortaleciendo el terrorismo de Estado. La prensa franquista y la reoformista alertaban del peligro de los pobres, dirigidas por el sistema político discriminador que negociaba entre culpables la exculpación de todos los culpables, presentando a las principales víctimas como únicas expiatorias para no dejar las cárceles vacías. Las cárceles vacías representaban el gran fracaso del autoritarismo, la desocupación en bruto de las fuerzas represivas, con su presunción coactiva inoperante por su efecto final, más la confirmación del Estado criminal por sus funcionarios judiciales y ejecutivos. Las víctimas habían entrado en las prisiones franquista por causas individuales y circunstancias específicas de agobio o persecución, dispersas y diversas, sin fuerzas asociadas con organización de archivos propios, fáciles presas para los estados terroristas. Con tan fáciles víctimas, el borbonismo resolvió, camuflando a sus presas ante la externalización fiscal continental y supra continental, que por cada preso culpable era preferible dejar encarcelados a mil presos inocentes, con base en el disimulo y por el anatema de la peligrosidad del delincuente común franquista, a sabiendas de que en estos encarcelamientos viciados faltaba el precepto inexcusable de la veracidad ante la falta de las garantías en la universalidad estafadora de la dictadura franquista carente de los mecanismos eficaces de control humanitario e independencia. Para este logrado plan diabólico fue necesario ocultar los crímenes. Si el falso culpable fue necesario para crear el franquismo sociológico, despúés, los mismos falsos culpables fueron utilizados para embadurnar la libertad del borbonismo sociológico. En nuestras cuentas finales de la Transacción, tenemos unos 12.000 encarcelados inocentes por solo 12 culpables en las cárcles españolas (al margen de las libertades provisionales y condicionales) ¿Cómo se prueba este uno por mil? ¡Con la máxima facilidad! Vamos al archivo central de la Administración y cogemos al azar entre ocho y diez expedientes penales instruidos en la dictadura (los de la Ley de Vagos, Peligrosidad Social, arrestos gubernativos y Ley de Bandidaje son al cien por cien mafiosos). Sin conocimientos jurídicos apreciaremos la ausencia de garantías en las fechas de ingresos de las víctimas en los cuarteles y comisarías (las 72 horas de su máximo legal podían pasar a las 72 semanas detenido, por eficacia para promoción, premios en metálico o medallas). En los sumarios de azar, veríamos las autoinculpaciones en secreto, mediante sorprendentes arrepentimientos, para ingresar voluntariamente en las violentas cárceles franquistas. Autoconfesiones sin abogado, condición necesaria para la tortura sin testigos. Una vez construido el expediente penal contaminado con falsa culpabilidad, la coacción en las víctimas pudiera durar varios días, semanas y, en los casos más extemos, durante años, prendido en todos los ambientes donde la ideología del miedo era permanente, por herencia filial y vecinal, reactivada por la última intimidación. Por lo tanto, no es de extrañar que algunas víctimas ratificaran la autoinculpación 24 horas después ante el oficial de mesa judicial, por lo común también sin abogado para que al pobre de recursos no pudieran asesorarle, permaneciendo siempre indefenso ante la maquinaria del abuso reasistido, con la función de la recolecta de la mano de obra esclava para la producción económica y para la producción de la falsa seguridad. En la fecha del juicio, los perseguidos conocerán al abogado en la misma sala de juicio oral, o en el mejor de los casos cinco minutos antes.

Esto da una idea concreta de la gran farsa del sistema penal, con su mezquindad de catafalco, de la magnitud de la corrupción de la Columna Judicial Franquista. Por ello, es imposible que estos jueces se acostaran franquistas y se levantaran demócratas como pretenden los adoradores del crimen. El cambio judicial sólo podía darse si los jueces reconocían sus estafas en los procedimientos secuestradores, de ruin abolengo arrepintiéndose de esos crímenes y resarciendo a sus víctimas.

Esta Columna Judicial, conjurada con los partidos políticos de reciente parlamentarismo, en la misma línea de los medios generalistas y prensa supuestamente plural por sus tendencias partidistas divergentes, unidos en histérico frente común contra las víctimas a las que les habían robado el pasado, el presente y amenazaban la enajenación de su inmediato futuro, como una piña arbitraria se ensañaron con las gentes excluidas y más necesitadas para glorificar permanentemente los crímenes franquistas haciéndolos propios.

La COPEL tuvo la extrema necesidad, en defensa proia, de pasar de la palabra a los hechos, desesperada, haciéndose oír de la única manera que le fue posible, desde los tejados y los incendios carcelarios. La justicia, la humanidad y la paz habían quedado abandonadas por las instituciones y el sicarismo barato. La COPEL, desde los difíciles reductos carcelarios, asumió esos valores perdidos y los representó. Por la capacidad de sufrimiento de sus militantes asumió el dolor como única arma contra la conjura de los criminales, arrimándose en sus posibilidades al esfuerzo de todos los grupos marginales y movimientos sociales que surgían y se multiplicaban en la protesta por la unidad y la solidaridad: Ante el verdugo interminable y sin perder su identidad de prisioneros franquistas, el terrorismo de Estado de la dictadura y el de sucesión convirtieron a la asociación de presos reformistas en la COPEL revolucionaria.

Los resistentes de la COPEL están orgullos de haber intentado civilizar con la palabra a los asesinos y ladrones. Los crímenes crecieron durante décadas, hasta ahora, porque no tuvimos fuerzas suficientes para solucionar aquella impunidad en la década de los setenta.

Una sociedad sin delincuentes sólo es posible desde la igualdad, sustituyendo las instituciones por el respeto humanitario que fluye desde el apoyo mutuo, erradicando el dominio de clase y económico por y desde la emancipación asamblearia de las comunidades y sus vecinos, exactamente desde la paz como el bien supremo de la justicia humanitaria completa.

La lucha es la necesidad de todas las víctimas y nuestro compromiso nunca naufragó. Vamos por abajo con la mano extendida y con el abrazo estamos al lado de quien sufre los embates de los traidores a la humanidad y a su fraternidad.

COPEL, problema de Estado. Fase revolucionaria, primera lucha

La mayoría De los presos sociales franquistas no eran delincuentes comunes. La dictadura necesitaba de la alarma social continuada, condicionada para el apoyo de la gente al Estado protector en un país no viajado donde la desinformación era completa. La alta burguesía y algunos de sus escalones profesionales tenían más información que el pueblo llano, respecto a su formación cualificada o académica y a la mundología que le proporcionaba su estatus social, evindenciada por la múltiple discriminación negativa o insolidaria con el resta delas personas precarias o de base. Delincuentes del derecho común en franquismo eran, entre otros, Vila Reyes con sus ministros cómplices y Jesús Gil y Gil, quienes por ambición desmedida no necesitaban el pan de la sobrevivencia. Sin descartar algunos delitos de sangre por pasión u otros móviles en cualquiera de los estratos sociales, entamos en lo que pudiéramois definir “delincuencia artesanal”, desde el furtivismo alimenticio a la apropiación de bienes materiales de quien los tuviera, de muy exigua infracción ante la ideología del miedo, y que por esa vacante la dictadura necesitó de causas penales para alfombrarse con éxitos policiales, haciendo falsamentye útil y del interés común el sistema penal. De esta forma cubrían las dos páginas de sucesos de la prensa franquista, más el semanario “El Caso” dedicado exclusivamente a sucesos. Era frecuente que en los medios figuraran las fotos, nombres y domicilios de los recién detenidos, no solo para provocar la exclusiómn por rechazo de los vecinos como pena que no tiene fin, sino también de inmediatez para que en las ruedas de reconocimiento los identificadores tuvieran las fotos antes de la prueba estafadora de la identificación en la que participaban. En esta verdad rotunda y documentable, encuadramos a la criminalidad oficial franquista. Reiteramos que la mayoría de la Columna Judicial franquista no se acostó dictadora y se levantó demócrata en la pretensión de la violencia borbónica, sino que sus propios crímenes permanecieron y permanecen vivos, porque la jurisdicción poseía los expedientes penales, con todas la spruebas, no haciéndolos públicos para no acusarse ellos mismos. La Columna Judicial era juez y parte, la encargada de aplicar las leyes orgánicas de amnistía promulgadas por la conjura parlamentaria, omitiendo de su aplicación a la mayoría de las víctimas para no reconocer que los culpables eran ellos.

Entre los días 19 y 21 de febrero de 1977, hay un conflicto en la cárcel de Carabanchel, Madrid. Sin ninguna justificación el Estado por sus sicarios, con extrema crueldad, violencia y nocturnidad, llenaron un autobún con víctimas del franquismo, las que consideraron que eran las personas más activas de la COPEL, con la finalidad de desarticular por el terror a una organización política antifranquista que había presentado y representado los derechos humanos con la palabra. Los prisioneros franquistas fueron trasladados heridos y autolesionados a los penales sin recibir ninguna cura de las heridas. Al abrir las celdas por la mañana y contar por la identidad la ausencia de todos los secuestrados, pronto los presos iniciaron respuestas contundentes que el sistema criminal no esperaba, creyendo desarticulada a al Coordinadora de presos.

La COPEL carecía de ideología política específica, se nutría de una amalgama de todas ellas, interesaban las personas presas de todo el Estado que luchaban por los derechos comunes en las limitaciones de cada una. Carabanchel era el símbolo referencial de la represión franquista y el Hospital General Penitenciaria la capilla Sixtina del crimen científico, baluartes del abuso, y hacia allí se dirigían los presos en lucha para alterar el normal funcionamiento de la arbitrariedad.

Un grupos de quince copelianos, que renunciaron a cortarse las venas con las cuchillas de afeitar, subieron a la techumbre de la cuarta galería, llamada galería muerta porque solo tenía consruida en bruto la primera parte; Exhibieron una pancarta pidiendo el regreso de los compañeros secuestrados; Una treintena de copelianos se abren paso hasta el centro del panóptico y allí se cortan als venas, quedando ese amplísimo espacio circular enrojecido por la sangre. Era la primera lucha colectiva de autolesión organizada. Tampoco reivindicaron la amnistía ni los derechos humanos, tan solo el regreso de los secuestrados. El compañerismo era muy profundosolo por este afecto la COPEL No vencida luchó con el sufrimiento propio: Por la tarde, los autolesionados son trasladados al Hospital Penitenciario para coserles las heridas. El cambio de cárcel era un éxito, sobre todo que la COPEL no estaba destruida ante su acción directa.

El violento ataque por el Estado para destruir a las personas que dialogaban como asociación era la firma del despotismo, con la finalidad de evitar que comprometieran a las instituciones con la verdad histórica, por los sucesos voivinetes en las víctimas, porque la conjura mafiosa había decidido que no existiera la verdad, taponando el único grifo organizado que desbordaba los planes d ela transición que iban a falsificar con las etiquetas de “paciencia” y “modélica”, para que los protagonistas de ese cambio tuvieran una posteridad gloriosa ante Europa y ante el mundo, sin que fuesen salpicados los asesinos históricos y sus cómplices sobrevenidos y bien pagados.

COPEL, problema de Estado. Fase revolucionaria, segunda lucha

Si los códigos penales están infectados de delitos inventados o crímenes sin víctimas, el ataque del Estado a la COPEL fue el paradigma de este abuso en el secretismo carcelario, por su frecuencia histórica a otros niveles individuales, reprimiendo con salvajismo a un colectivo crítico que exigía la aplicación de la amnistía ante los crímenes sin víctimas decretados por la dictadura. No había nadie en la publicidad del gran secuestro. El grupo troturado en calzoncillos estaba solo con los grilletes de la guardia civil conducidos en un autobús celular a los aislamientos del penal de Ocaña. Al sentir la noche del secuestro los palos y los gritos, un rictus de desesperanza se quejó en el asombro, hasta que algunas víctimas gritaron lo que ocurría y desde ese instante todas las puertas de la tercera galería desde su interior tronaron ensordecedoramente, igual que cuando ejecutaban por garrote vil, hasta escuchar el último cerrojazo. En la mañana, los ojos cansados de los compañeros no secuestrados volvieron a escuchar la sombra de aquella noche por la ansiedad del dolor compartido. El eco de la galería en el corazón. Vieron las sombras alargadas de cada uno en su primera hora de luz en el patio. Los más comprometidos no realizaron una asamblea general sumando apoyos para el propósito de la lucha inmediata no la abortara alguna filtración. Una vez subidos los quince copelianos con su pancarta en la cuarta galería muerta, los otros treinta entraron bajo cubierta y sus treinta sombras se introdujeron en sus cuerpos, la sombra unitaria de aquella noche, crímenes sin víctimas, la verdad escondida, la falsificación de la convivencia, presentando los preso su lucha desesperadamente organizada por compañerismo. Fue la lucha contra majaras del medievo, contra la inquisición de calabozo. Luchaba la salud humanitaria contra la heroína inhumana. Así se inicia, desde el 19-II-1976, la revolución en las cárceles. Los médicos llamaban al Hospital General Penitenciario “el reposo del guerrero”. Era frecuentado por personas que salían por la fuerza de su individualidad de los penales más violentos y de las torturas. Por valiente desesperación, algunos se las ingeniaban para romperse un hueso, el más común el de la mandíbula, recibiendo un fuerte puñetazo voluntario de precisión en el maxilar inferior. Otros se cortaban un dedo. Había quien ingería una botella de lejía y llegaba con el estómago achicharrado. La lucha de la pena más frecuente era la ingestión de objetos metálicos, algunos consiguiendo tragar un muelle de la cama, siendo más frecuente la ingestión del mango metálico de las cucharas. Estos objetos rígidos no pasaban por el píloro, necesitando la intervención quirúrgica para extraerlos. Una vez recuperados de las lesiones y autolesiones, los médicos decían a los luchadores que iban a estar dos meses más de reposo antes de darles el alta a su destino de origen, que no podía ser iniciativa del facultativo, sino la estrategia de pacificación general de conflictos mediante el tiempo diseñada por la Dirección General de Prisiones.

Una vez curados y vendados, los copelianos de Carabanchel se encontraron con unos cuarenta luchadores del Hospital en plena forma. Descubrieron el anagrama de la COPEL, la silueta de España enrejada, en algunas habitaciones hospitalrias. El proselitismo de los presos en lucha había llegado a otras cárceles y penales, muy acentuadamente en el complejo penitenciario de Carabanchel, que tenía seis administraciones independientes: la Cárcel de Hombres, el Pabellón de Mujeres pegado al pequeño cementerio lindando con las vías del Metro suburbano, el Reformatoriuo de Menores, el Psiquiátrico Penitenciario, la Central de Observación y el Hospital General donde se encontraban. Algunos estaban ingresados por enfermedades naturales, otros cercanos a la intervención quirúrgica, pocos en silla de ruedas, algunos recién operados y escasos en la cama con el gotero. Los luchadores con buenas facultades físicas acordaron la toma y control de todas las instalaciones carcelarias y el asalto a los tejados del Hospital. Harían visble el conflicto hacia la calle, respetando la reivindicación inicial del regreso de los compañeros secuestrados en la tercera galería. Esa misma noche, la COPEL realiza un butrón arriba, inundando los tejados y subiendo los alimentos y bebidas para aguantar autónomamente un tiempo desconocido.

El miedo a la muerte o a las represalias fue superado por la osadía de retar al poder con la ideología de la solidaridad desde abajo. Los copelianos del Hospital menos capacitados físicamente, en las rejas tipo americanas de los pabellones de la izquierda y de la derecha, montaron barricadas con colhones y algunas camas. En los tejados pasaron la noche del 20-II-1977, visibles periféricamente desde algunos edificios del barrio de Aluche y con exposición desde las zonas más cercanas de la Avenida de los Poblados hasta su profundidad cercana al Metro suburbano.

Desde las alturas y entre risas, los presos comentaban su gran desafío al Estado, en espera de la respuesta que el Gobierno de Adolfo Suárez iba a dar a las víctimas del franquismo. Desde el amanecer y en horas de máxima luz no hubo novedad en los tejados: Borbón, Suárez y Rosón diseñaban los poderes desde sus palacios. Finalizando la tarde, poco antes de apagarse la luz natural, aparecieron los antidisturbios apuntando con sus escopetas, conminando a los copelianos a la rendición.
Unánimemente, deciden bajar, porque el motín publidictario es un éxito, y porque una resisitencia sería inútil en los tejados con corrienteas deslizantes, sin parapetos de protección, donde los pelotazos a blancos fijos provocarían caídas al vacío con el resultado de muerte de los presos.

La semana bárbara iniciada el 23-I-1977 con los asesinatos ultras y policiales de los manifestantes Arturo Ruiz, en una manifestación en la que pedían la amnistía también para los presos comunes y, posteriormente, la muerte de María Luz Nájera, concluyendo con el asesinato de los seis abogados laboralistas de la calle Atocha, con la intervención de la CIA norteamericana en este caso, aconsejeron a la conjura de los franquistas y los marxistas destruir a la COPEL antes de un mes, para que la verdad de los crímenes recientes y vivientes de los presos no contaminara por la extensión de su conocimento a los ciudadanos manifestantes, paralizando esta reclamatoria los nuevos partidos políticos, PSOE de derecho y PCE de hecho, que apoyaban al fraquismo para sacar su tajada de poder en las próximas elecciones generales. Estos hipócritas estafadores se eenmascaraban cantando la Internacional, mientras a los “parias de la tierra” y “famélica legión” les condenaban a sufrir el franquismo a perpetuidad. Cuando la conjura percibió que por el violento secuestro de la palabra del día 19-II-1977 habían provocado la inmediata revolución de las víctimas del franquismo en las cárceles, no pudieron o no quisieron volver atrás, por el compromiso con la jucdicatura de los crímenes injustificables, que sí eran enmascarables.

Por el último tramo de las escaleras del Hospital, por su segunda planta, hasta la mitad de la zona de tierra que separaba ese centro de la Cárcel de Hombres, había una doble y densa fila de antidisturbios por donde los copelianos pasaban de uno en uno. A continuación, la doble fila era de carceleros de los tres turnos diarios convocados, cubriendo éstos dos tercios de la segunda galería, pasando los locutorios de jueces y bogados hasta la “Perra chica”, unos 100 metros. Fue una de las palizas más intensas y brutales del recuerdo. Tenían órdenes de romper cabezas para escarmiento. Impactaban los culatazos del cuello para arriba. Separaban las manos de la cara para romper las bocas y las narices a culatazos. Saltaron dientes. Quienes no podían golpear en la parte de arriba daban patadas y porrazos en el cuerpo. Los carceleros estaban armados con estacas y barras de hierro, golpeando con la misma saña por obediencia al crimen. Todos los copelianos presentaban hemorragias por arriba. En la zona de tierra, la sangre era absorbida y las baldosas de la prisión quedaban salpicadas por pequeños charcos. A la mitad de los presos los encerraron en las celdas de los condenados a muerte, a las que se accedía por la escalera que bajaba desde la “Perra chica”. Un año más tarde, en ese mismo sótano de las celdas de enrejado americano, los carcleros de tropa y de rengo darían muerte al preso de la COPEL y anarquista Agustín Rueda Sierra. La otra mitad de los presos de la caravana, con sus hemorragias, cruzaron el centro, cubrieron los 100 metros de la quinta galería hasta llegar al taller de maquetas, en el Reformatorio. Desde allí, bajaron las dos plantas hasta la marquesina del patio, cubriendo otros 50 metros a la izquierda y llegando a la segunda galería, vacíada de menores expresamente para enceldar de uno en uno a los copelianos.

En la mañana del día siguiente, se presentó un equipo de enfermeros que dijeron del Hospital Gregorio Marañón. Éstos desinfectaron heridas, cosieron los cortes de venas por los puntos saltados y dieron puntos de sutura en las heridas policíacas y carcelarias de la cara y la cabeza.

Vendaron y pusieron apósitos. Repartieron calmantes, porque todos los cuerpos estaban llenos de moratones que hacían difícil el movimiento de los torturados.

Desde las ventanas, los copelianos se daban ánimos. Hablaban de su éxito en los dos días de lucha. Tenían mucha moral de combate. Eran jóvenes de cuerpo y espíritu. Algunos se reían y otros no podían hacerlo porque les dolía le pecho de los culatazos.

Eran personas importantes a las que el borbonismo había desterrado al infierno.

Resumen publicado originalmente en: http://www.la haine.org/anticarcelaria-historia-de-la-coordinadora

Blog de donde provienen los artículos originales: https://expresx socialescopel.wordpress.com/

“Queremos recordar que la lucha de la COPEL era legítima”

Expresos sociales miembros de la Coordinadora de Presos Españoles en Lucha (COPEL) lanzan un documental para recordar la historia de este colectivo

ENTREVISTA | DANIEL PONT

Daniel Pont, uno de los fundadores de la COPEL, en Barcelona. / VICTOR SERRI
Daniel Pont, uno de los fundadores de la COPEL, en Barcelona. / VICTOR SERRI

Daniel Pont entró en la cárcel a los 17 años y pasó tras las rejas buena parte de su vida. Allí se convirtió en uno de los fundadores de la Coordinadora de presos españoles en lucha (COPEL), organización que luchó desde dentro de las cárceles para conseguir cambios en el sistema penitenciario. Hoy, es una de las personas que ha impulsado el documental COPEL: una historia de rebeldía y dignidad, para el que se ha lanzado una campaña de micromecenazgo.

Han pasado 40 años desde la lucha de la ​COPEL, ¿por qué hacer ahora un documental sobre esta organización?

No es precisamente ahora, llevamos como diez años con este proyecto, superando muchísimas dificultades. Las razones para hacer este documental se basan en la necesidad de recuperar nuestra lucha, que durante tres años tuvo en jaque al Estado, años en los que era fundamental pacificar los conflictos sociales. Las cárceles no funcionaban, el sistema punitivo no funcionaba. Y es fundamental para constituir una nueva forma de dominación, como fue la transición de la dictadura a la democracia, que las cárceles y el sistema penal funcionasen.

Por otro lado, la necesidad de recuperar la memoria histórica, de reescribir la historia del pueblo, de las luchas sociales. Y también para recordar, tras 40 años justos transcurridos, que la lucha del colectivo de presos sociales a través de la COPEL, como tantas luchas en aquellos años, era legítima. Confiamos en terminar con éxito el crowdfunding y poder acabar este documental. Tenemos decenas de entrevistas con expresos, algunos compañeros también fundadores y militantes de la COPEL, abogados y abogadas de la época, periodistas, familiares y militantes de organizaciones anarquistas que apoyaron esta lucha de COPEL. Confiamos en que salga a la luz el documental para la primavera del año que viene.

Habéis retomado la lucha. Esta vez para que el Estado español reconozca la deuda que tiene con tantas personas que estuvieron en prisión por la Ley de Vagos y Maleantes, ¿cómo va esta campaña?

Desgraciadamente, en esta campaña se han unido muy pocas personas, quizás cuatro o cinco más. Ten en cuenta que la Ley de Vagos y Maleantes se sustituyó por la Ley de Peligrosidad Social en 1970, que continuó hasta 1996, y que la extracción social de la mayoría de presos que sufrimos la ‘Gandula’ era bastante baja. Había un nivel muy alto de analfabetismo, una falta de conciencia y de unidad absoluta, y los años han pasado una factura muy fuerte en este colectivo de expresos sociales. Hablamos de heroína, de condiciones muy precarias en las cárceles de la dictadura y primeros años de la transición. Han debido de morir miles de personas afectadas por esta ley.

Estamos presentes en la querella contra la dictadura. El relator especial de Desapariciones Forzadas de la ONU tiene un dossier muy completo sobre nuestro caso. Es un caso bastante grave de agravio comparativo si tenemos en cuenta la justicia y reparación que tuvo otro colectivo de afectados por estas leyes, el de homosexuales. El PSOE, como buen partido político oportunista que es, se dio cuenta de que en este colectivo tenía bastantes votantes y aprobó una ley en la que se reconocía la necesidad de hacer justicia y reparación con este colectivo. Pero olvidando al resto.

La primera vez que estuviste en la cárcel fue bajo esta Ley de Vagos y Maleantes, ¿qué pasó?

Me detuvieron la primera vez en plena dictadura, en 1967, cuando tenía 17 años. Era prácticamente un mocoso y me aplicaron la Ley de Vagos y Maleantes con tres años de prisión, sin derecho a ningún tipo de beneficio penitenciario, indulto o libertad condicional, y con el agravante de que, si la dirección de la cárcel informaba de que tenía mala conducta, podrían ampliarlo a cinco años. Me fui dando cuenta de cómo funcionaba la cárcel, de cómo había un clasismo bastante claro entre determinados presos y cómo la dureza de las leyes castigaba especialmente a los pobres. Salí con otra conciencia, más madura, pero no del todo política. Salí con un odio social bastante fuerte porque entendí que había sufrido la dureza de una ley criminal. Entré como un raterillo y salí convertido en un atracador.

Al principio no teníamos ninguna identidad política, aunque en esos años hicimos amistad con algunos presos políticos y esto influyó en el cambio de conciencia. Pero los atracos a bancos que hicimos en esos años no tenían carácter político. Me detuvieron en 1972, al año y poco de salir en libertad, en un atraco con tiroteo en Madrid, y me aplicaron los dos años que quedaban de mi expediente de la Ley de Vagos. Estaba haciendo la mili, tenía un consejo de guerra pendiente, estaba también pendiente del Tribunal de Orden Público por tenencia ilícita de armas y me acusaban de la comisión de dos atracos. Al margen de esto, me pusieron dos años más de Peligrosidad Social. En esta campaña carcelaria estuve seis años y aquí sí que di el salto definitivo a la toma de conciencia política.

¿Cómo fue el nacimiento de la COPEL?

En 1976, cuando llevaba ya unos cuatro años de prisión, a raíz de la muerte del dictador y la apertura del inicio de la transición, en la cárcel de Carabanchel nos organizamos como la Coordinadora de Presos en Lucha. Fue una etapa muy intensa, muy larga. Tres años de muy intensa actividad, de autolesiones, de huelgas de hambre, motines, de muchos compañeros muertos… En fin, de confrontación directa con el Estado. Muchas cárceles terminaron destrozadas. Ya no aceptábamos el funcionamiento de las cárceles sumisamente. Los antidisturbios estaban dentro de las prisiones y el régimen carcelario cotidiano estaba sometido a una disciplina plenamente militar.

Tras tu experiencia en la COPEL y los años que estuviste en la cárcel te lanzaste a denunciar la prática de la torturas bajo custodia en 1980. ¿Crees que ha cambiado algo desde entonces respecto a este tema?

Yo creo que se ha tecnificado. Por un lado, el Estado ha tecnificado los instrumentos de tortura y, paralelamente, se ha aceptado de una forma sumisa por parte de la sociedad, bien mirando para otro lado o bien creyendo la versión del Estado sin confrontarla con informes de Amnistía Internacional, el Comité internacional contra la tortura, las diversas asociaciones contra la tortura… Los medios de comunicación oficiales han sido un eficaz coro para negar la existencia de la tortura en el Estado en estos años de democracia.

Yo salí en libertad en 1979 y durante un año estuve muy activo denunciando la existencia de tortura en las cárceles españolas. Fui uno de los fundadores de la Asociación contra la tortura en las primeras jornadas que se organizaron en Madrid, en Conde Duque en 1980. La tortura en la actualidad es más profesional, más técnica, más psicológica. En estos 30 años se han suicidado cientos de presos y presas, que se han visto obligados a acabar con su vida por las condiciones tan duras y tan penosas que sufren. En muchos casos son presos y presas muy jóvenes, sin la madurez necesaria para enfrentarse a la dureza carcelaria. El informe de la Asociación contra la tortura en el Estado español año tras año detalla la comisión de torturas en cárceles, comisarías, cuartelillos. Bien es cierto que en los últimos años parece que ha disminuido, se siguen produciendo casos de malos tratos.

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Han pasado 40 años y parece que desde entonces no ha vuelto a surgir un movimiento tan intenso sobre la situación en las cárceles.

En estos años ha habido varios intentos de organización por parte de los presos sociales. La lucha contra el FIES, el sistema de catalogación de presos en ficheros de especial seguimiento, sometidos a condiciones muy duras, casi peores que en la dictadura: en condiciones extremas de aislamiento, de control, de despersonalización, de provocación, palizas etc.. Durante unos años tuvieron una confrontación bastante clara y decidida contra el Estado en las cárceles. Y luego surgió también una asociación de presos que se llamaba el APRE [Asociación de Presos en Régimen Especial] que también tuvo bastantes confrontaciones contra la dirección de las cárceles y el sistema judicial.

La historia de la Coordinadora de Presos en Lucha, “la COPEL”, en Valladolid

 

Teaser COPEL una historia de rebeldía y dignidad

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